Friday, April 29, 2005

Sobre el fanatismo, la religión y el laicismo


En los últimos meses ha cobrado gran relevancia el debate sobre el laicismo, el fundamentalismo y la religión. La polémica entorno a la redacción de la constitución europea, la consideración de las raíces cristianas de Europa, la decisión del gobierno francés de prohibir manifestaciones y signos religiosos en lugares públicos, la enseñanza de la religión en las escuelas... todo son motivos para el debate y las opiniones más encontradas. También son ocasión para una reflexión madura y serena sobre los acontecimientos.

Como cristiana y defensora de los derechos humanos, abogo por que la libertad de conciencia y de expresión pública prevalgan para todo el mundo, no solamente para los laicisitas, sino para las personas practicantes de cualquier confesión religiosa, siempre que no atenten contra la dignidad humana. Algunas leyes restrictivas amenazan gravemente los derechos preciosos de creencia, expresión y libertad religiosa. ¿Por qué la religión tiene que relegarse al ámbito privado cuando ideologías y corrientes filosóficas diversas son divulgadas públicamente sin reserva? ¿Acaso la religión es más peligrosa que ciertas ideologías? Considero que los nacionalismos radicales, por ejemplo, son y han demostrado históricamente ser tan amenazadores como el fundamentalismo religioso. Por otra parte, identificar todas la religión con una ideología alientante para la persona demuestra un profundo desconocimiento y una idea simplista que confunde todo hecho religioso con el fundamentalismo. Demuestra una gran falta de cultura, de mentalidad abierta y de perspectiva histórica. Tampoco creo que deban fundamentarse las decisiones políticas en experiencias personales negativas con determinadas instituciones religiosas que hoy no representan la actualidad ni la globalidad de la Iglesia. Es muy grave que un político proyecte sus traumas personales en el campo público y condicione toda una forma de hacer política. De hecho, este ha sido el caso de personajes históricos como Adolf Hitler, entre otros.

Es cierto que muchas religiones, concretamente la cristiana, han sido utilizadas a lo largo de la historia para justificar guerras e injusticias. Toda guerra, además de un componente económico y político, tiene un mensaje, una “doctrina”. Tristemente, las religiones, fundadas por grandes defensores de la paz, han sido a menudo instrumentos idóneos para la propaganda bélica, por el hecho de contener un discurso y unos valores fácilmente transmisibles y compartidos por muchas personas. Sí, las religiones han sido utilizadas, pero no son la causa de la guerra. Decir la que religión es el origen de los conflictos del mundo es tan absurdo como decir que la ciencia es la culpable. Los avances científicos también se han dado a golpe de guerras, y han sido utilizados en innumerables ocasiones para fines bélicos... ¡pero a nadie se le ocurre prohibir la ciencia ni suprimirla de los planes de estudio! Nadie acusa a la ciencia o a la tecnología de provocar guerras, y sabemos que en ellas juegan un aún más importante que la religión.

Por otro lado, hoy nadie se sorprende de ver manifestaciones públicas o por los medios de comunicación de religiones importadas de otros continentes, que incluso se valoran y se miran con simpatía. ¿Por qué la religión cristiana ha de ser peor? Tal vez es cierto que la proximidad nos hace conocer los aspectos más negativos, y a menudo aborrecer o ignorar los valores más cercanos. Pero, ¿cuántas personas que critican el Cristianismo se han detenido a leer el evangelio o a estudiar la teología cristiana en profundidad, antes de emitir opiniones calcadas de otros, o cargadas de prejuicios?

Querer erradicar la religión del ámbito público me parece una actitud intolerante. Hoy se da un nuevo fundamentalismo: el propio laicismo. Hemos confundido la libertad con la falta de valores; la libre elección de creencias con la ausencia de religión. Pretender arrinconar a los practicantes de cualquier religión a las catacumbas de la vida privada sólo demuestra un deseo de querer eliminar la espiritualidad de la vida humana. Y privar a la persona de su vertiente espiritual es caparla. Jamás se nos ocurriría privar a la gente de su mente, de su cuerpo, o de sus sentimientos, con el pretexto de hacerla más feliz... ¡tampoco podemos privarla de su espiritualidad! Lo queramos o no, es una realidad del ser humano, que se puede manifestar de muchas maneras y a través de religiones muy diferentes, pero está ahí, y su crecimiento contribuye enormemente al desarrollo de la persona en su integridad. Querer erradicar la espiritualidad de la educación también me parece una manera de mutilar a nuestros niños, que tienen el derecho a crecer también espiritualmente. Pienso que si a alguien le interesa eliminar la parte espiritual del ser humano, sólo puede ser por ignorancia o porque ya le está bien que la sociedad sea un poco más autómata, más consumista y más frágil emocionalmente. Porque está claro que una persona espiritualmente fuerte y madura es un ser libre, que tal vez irá a contracorriente de las modas, con una mentalidad crítica y despierta, con una sensibilidad social inquieta y un poco rebelde... y no será nunca un consumidor compulsivo o un votante interesado. Y esto, desgraciadamente, hoy no interesa.

Hoy se dan muchos fanatismos. No sólo religiosos, sino también políticos, económicos, filosóficos... y un fundamentalismo muy subliminal: el individualismo, que lleva a la egolatría exagerada del que se erige en dios para si mismo. Queremos suprimir a Dios de nuestra cultura, pero... ¡cómo nos gusta jugar a ser dioses! Muchas filosofías alternativas proponen justamente esto: cada cual es Dios, sacerdote y adorador de si mismo. Por tanto, no necesito de los demás ni tampoco tengo por qué preocuparme por ellos. Vivo en mi burbuja. Por otra parte, tenemos al dios-poder, legitimado por la democracia, y al cual la clase política rinde un culto enfermizo. Como han llegado al poder votados por el pueblo, pueden jugar con las leyes y el destino de las personas. Además, como dioses, están convencidos que lo hacen por el bien de la humanidad.

Sólo el diálogo puede evitar que los fundamentalismos invadan nuestra vida y enturbien el clima social. Debe darse un diálogo político, interreligioso, filosófico y social, sin excluir a nadie. De la misma manera que la violencia no se puede eliminar con más violencia, tampoco podemos combatir el fanatismo con fundamentalismos disfrazados de libertad. El primer paso para el diálogo es escuchar, libres de prejuicios. Así podremos comenzar a caminar hacia una sociedad verdaderamente libre y constructora de paz.

Sunday, April 24, 2005

Iglesia y mujer

Para muchas personas, el hecho que la mujer no pueda ser ordenada sacerdote en la Iglesia católica produce rechazo e indignación. Si en los ámbitos social y laboral la mujer ha accedido a lugares que tradicionalmente estaban reservados al varón, ¿por qué no va a poder hacerlo en la Iglesia?

No sé si algún día la Iglesia admitirá la ordenación sacerdotal de las mujeres. Pero de lo que estoy convencida es de que, para vivir plenamente nuestra vocación cristiana las mujeres no necesitamos ser ordenadas.

Creo que la mujer, más que formar parte “de” la Iglesia, ¡ella misma “es” Iglesia! Por su dignidad humana y por su condición de mujer tiene un lugar privilegiado. El ejemplo de María de Nazaret no puede ser más claro. Es llamada a ser “madre de Dios”. Ya no es una servidora de Dios, sino su propia madre. ¡Dios mismo se confía a las entrañas y a los brazos de una mujer! La grandeza de la Iglesia es ser madre de los hijos de Dios, y ésta es también la grandeza de las mujeres: ser madres espirituales de la familia cristiana, ejerciendo su maternidad de mil maneras creativas, cada cual según sus talentos y capacidades, allá donde esté. Si sabe vivir plenamente su vocación femenina, no necesita más. Yo diría que es una vocación tan grande como la del sacerdocio, y complementaria a él. Sólo las mujeres la pueden ejercer con esta plenitud.

Si las cristianas ejercemos plenamente nuestra vocación de mujer, de ser Iglesia, amada de Dios, toda la comunidad cristiana se enriquecerá. De la misma manera que necesitamos a los sacerdotes, que, en realidad, son servidores de la Iglesia, ésta no puede renunciar al papel de la mujer ejerciendo los carismas que le son propios. Una vez más, la figura de María nos da pistas acerca de estos carismas femeninos. ¿Quién fue el pilar de la primera comunidad cristiana? ¿Quién creyó contra toda esperanza? ¿Quién acompañó a Cristo muriente, y quién fue el primer testigo de su resurrección? ¿Quién dio alas a los apóstoles, quién dio calor de hogar a la reunión de Pentecostés? Fueron María y las fieles mujeres seguidoras de Jesús. Sin duda, estos episodios evangélicos iluminan el papel de la mujer en la Iglesia como pilar, hogar, estímulo y promotora de la misión evangelizadora. Si renunciamos a este papel, nadie lo realizará por nosotras, y nuestra Iglesia se empobrecerá grandemente.

Es tan bella la vocación de la mujer como Iglesia, madre y hogar de la familia de Cristo, que la disputa en torno al sacerdocio femenino parece irrisoria e incluso banal al lado de la grandeza de esta misión. Tal vez muchas mujeres han aspirado al sacerdocio por desconocerla, o por confundir el servicio de los pastores con un estatus que les otorga poder sobre la comunidad. En estos momentos, es cuando debemos recordar las palabras de Jesús en su última cena: “el que quiera ser primero entre vosotros, sea vuestro servidor”. Los pastores no son jerarcas ni gobernantes de la Iglesia, sino servidores. Las mujeres, a su lado, no podemos ser menos. Jesús confía su Iglesia en nuestras manos.