Sunday, August 14, 2005

Más allá de ver, juzgar y actuar -1-

Ver, juzgar, actuar. Esta es la metodología de la revisión de vida empleada en muchos grupos y movimientos eclesiales en la actualidad. Es una forma de evaluar nuestra manera de vivir y estar en el mundo. (*)

Si profundizamos en la dimensión teológica de la pedagogía cristiana, esta dinámica del ver, juzgar y actuar puede ser superada e incluso cuestionada, y se pueden buscar fórmulas con raíces cristianas más hondas.

Podemos ir más allá del ver, juzgar y actuar tomando las palabras de Jesús y el mismo Evangelio como guía en nuestra trayectoria espiritual. Así evitaremos el riesgo de un método que nos lleve a una visión parcial del mundo y a una mentalidad fuertemente ideologizada, que puede alejarse de la realidad, tan a menudo compleja y que se escapa de los moldes e ideas preconcebidas.

Ver
Desgranemos, palabra por palabra, este método de revisión de vida. La primera fase que nos propone es ver. Por supuesto que hemos de ser sensibles y observadores del mundo que nos rodea. ¡Pero nuestra visión puede ser errónea! Tal vez no veamos bien –por ejemplo, la visión de los daltónicos, que no distinguen los colores, es verdadera para ellos, pero no se corresponde con la visión de la mayoría de personas. Todo cuanto vemos pasa por un filtro subjetivo. No somos totalmente neutrales cuando miramos. Vemos lo que queremos ver, incluso nuestro estado de ánimo puede modificar nuestra percepción de la realidad. Fiarnos exclusivamente de nuestra visión nos puede conducir a graves errores y llegar a desvirtuar la realidad misma. Como dice el evangelio, “un ciego no puede guiar a otro ciego”. Podemos padecer de miopías espirituales e intelectuales y contagiar a nuestro grupo esta visión incompleta, provocando que todos vean y piensen lo mismo. No podemos guiar ni aconsejar a nadie basándonos meramente en nuestra visión.

Juzgar
El evangelio aquí es rotundo: “No juzguéis y no seréis juzgados”. “Con la medida que juzgares serás juzgado”. “Yo no he venido a juzgar, sino a traer la plenitud”. Juzgar no es evangélico. No podemos leer en lo más profundo del corazón de las personas, no somos quién para condenar a nadie. Quien juzga, está sentenciando. Jesús dio ejemplo el primero, perdonando a la mujer adúltera: “¿Nadie te condena? Yo tampoco”. El cristianismo de las últimas décadas se ha impregnado de un talante muy crítico y a menudo ha adoptado la crítica “constructiva” como recurso pedagógico. La revisión de vida supone un juicio de la realidad y de los demás. Pero Jesús no fue un juez. La Iglesia no es jueza, sino pastora. Podemos denunciar realidades, pero nunca podremos juzgar las intenciones últimas de las personas ni sus motivaciones. La denuncia profética es bíblica, pero pertenece al Antiguo Testamento. En el Nuevo Testamento, Jesús habla y denuncia con su vida y obras, pero su misión es anunciar una buena nueva. Pasa de la denuncia al anuncio. Los cristianos, arraigados en el Reino de Dios, hemos de superar la época de la denuncia y lanzarnos al anuncio gozoso de la buena noticia de un Dios cercano que nos ama. Ha llegado el momento de ser testimonios con nuestra vida.

Es cierto que muchas realidades de injusticia en el mundo alimentan y parecen clamar por un cristianismo de juicio y denuncia. Pero, cuando habla de justicia, Jesús no se refiere a la justicia humana que condena. Son los ricos, como Epulón, quien se autocondenan por su egoísmo. La justicia de Dios es otra: es la que hace llover sobre justos y pecadores. Es la justicia que visita al rico Zaqueo y a los publicanos, se hace amiga de los pecadores, de los romanos, de los paganos... El justo de la Biblia es el hombre bueno y magnánimo.

Jesús habló de la libertad curando a los enfermos, alimentando a los hambrientos y perdonando a los pecadores. No utilizó a sus discípulos para hacer un frente contra el poder establecido. De hecho, Jesús atacó directamente la hipocresía y la incoherencia de los líderes religiosos. Fue un líder espiritual más que político. Llegó a renunciar al poder de dominar y arrastrar tras de si a su pueblo: “Querían hacerlo rey, pero él se escabulló”. Juzgar es una actitud antievangèlica y no puede servir de fundamento a una buena pedagogía espiritual, y aún menos si nos basamos en una visión errónea. El evangelio nunca ha dicho que juzguemos. ¡Cuántos atropellos históricos y cuántas muertes inocentes se han producido por juzgar sobre visiones erróneas o parciales de la realidad. En su Pasión, llega un momento en que Jesús calla, ya no se defiende. Asume las consecuencias de su libertad. Se deja matar y perdona a quienes lo están matando en nombre de la justicia.

Actuar
Finalmente, actuar. Si tenemos una visión miope de la realidad, juzgamos según esta visión y, además, actuamos, las consecuencias pueden ser desastrosas. No podemos actuar a la ligera. El activismo ha minado la espiritualidad cristiana en el último siglo. Todo el mundo tenía que actuar, hacer actividades, “hemos de hacer muchas cosas”. Esto tiene ecos de herejía pelagiana. No nos salvaremos ni seremos mejores por desplegar una gran actividad. Parece que es más importante lo que hacemos que lo que Dios hace en nosotros. ¿No se esconderá una gran soberbia espiritual detrás de tanta actividad? ¿Dónde está la Providencia? A menudo queremos forzar situaciones y procesos, siempre tenemos prisa. ¿Dejamos que Dios actúe?

Hay que hacer, sí, pero no olvidemos que somos instrumentos de Dios, siempre que le digamos “sí” y trabajemos junto a Él en sus planes. Hoy se habla más de la acción que de la oración y la contemplación. La sociedad está tan secularizada que, para hacernos creíbles, los cristianos tenemos que hacer muchas cosas. Y, como estamos ocupados en tantas actividades, resulta que no tenemos tiempo para rezar. Recordemos las palabras de Karl Rahner: “La Iglesia del siglo XXI será mística o no será”. Muchos otros recogen este pensamiento –el Papa, el Hermano Roger de Taizé... La mística de nuestro trabajo yace en reconocer que nuestra labor es tarea de Dios. “No soy yo, sino Cristo quien actúa en mí”, dice San Pablo.

¿Nos lo llegamos a creer? Cuando decimos “hágase tu voluntad”, ¿aceptamos la voluntad de Dios? Podemos comprobar que, a pesar de nuestros esfuerzos, hay una gran crisis religiosa y las iglesias quedan vacías. Tal vez no se trata tanto de hacer, sino de creer y vivir con autenticidad.

Quizás esta gran crisis que padece el cristianismo no es más que una crisis de crecimiento, que ha de provocar una profunda reflexión y replanteo de lo que hacemos y cómo lo estamos haciendo, de nuestras ideas y de nuestra cosmovisión. Quizás Dios no ve las cosas como nosotros, agobiados por el ajetreo del día a día, sumidos en el activismo. Por tanto, el riesgo de actuar basándose en una visión subjetiva, puede provocar un fundamentalismo religioso, ¡tan antievangélico! Necesitamos la oración para tener una visión desde arriba, desde el Padre. Como decía Francis Bacon, desde la óptica de la eternidad.

(*) NOTA: La revisión de vida, basada en el método de ver, juzgar y actuar, es un método promovido incialmente por la JOC (Juventud Obrera Cristiana). Este movimiento nació en Bélgica el año 1925 creado por el sacerdote obrero Joseph Cardijn. Tuvo un momento álgido en los años 60 y continúa aún hoy en muchas parroquias y grupos juveniles. La revisión de vida ha tenido su valor histórico en una época de lucha obrera por unas condiciones de vida dignas y en tiempos de fuerte agitación social. Aún hoy, la pastoral obrera y muchos grupos siguen utilizándola como herramienta válida de crecimiento espiritual y transformación social.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home