Sunday, July 31, 2005

La virtud del espacio

Los seres humanos somos espaciales. El espacio es el otro gran don de Dios, junto con el tiempo, que hemos recibido. Nuestro cuerpo ocupa un lugar. Necesitamos un espacio vital, vivimos en un lugar concreto y nos movemos en él. Todos necesitamos un lugar para estar, para vivir, que consideramos nuestro hogar, nuestro pueblo, nuestra tierra. El espacio configura nuestra realidad física.

La virtud del espacio consiste en saber convertir el entorno que nos rodea en un espacio de cielo. Para ello tenemos al mejor maestro, el mismo Dios.

Dios ha creado el mundo. La naturaleza es hermosa. Todos nos sentimos a gusto en un paisaje natural y su belleza y armonía nos resultan gratas. Incluso un huerto o un jardín, aunque modificados por el hombre, son lugares agradables y placenteros. En cambio, las ciudades y las casas, que son creaciones humanas, no siempre son bellas y armoniosas.

Sabemos que el espacio condiciona nuestra calidad de vida y afecta nuestro estado de ánimo. Diversos estudios demuestran que, en las grandes ciudades, los barrios con mayor densidad de población son los que presentan mayor índice de violencia y criminalidad. Esto es debido en buena parte a la pobreza y a la inestabilidad de la población, pero todos sabemos que el hacinamiento provoca agresividad. Mucha gente en pocos metros cuadrados siente agredido su espacio vital, se torna hostil y está a la defensiva. También sabemos que un lugar desordenado y sucio invita a la dejadez, provoca cansancio y desidia, favorece el desorden mental, la pereza y la confusión. Incluso se ha estudiado el efecto que los colores, la luz y la disposición de los muebles ejercen en los habitantes de un hogar o en los trabajadores de empresas, despachos y comercios. El espacio, sin duda, nos influye y puede condicionar nuestra vida. Por eso es vital favorecer un entorno agradable para poder vivir mejor y más a gusto en nuestra piel.

¿Cómo lograr que nuestro entorno sea un espacio bello, agradable y, en definitiva, donde la gente pueda estar a gusto y se sienta acogida?

Quitar lo que sobra

En primer lugar, hemos de deshacernos de muchas cosas que no nos hacen falta y que, lejos de favorecer un mayor bienestar, estorban nuestro espacio vital. ¡Cuántas cosas inútiles almacenamos en nuestras casas y lugares de trabajo! ¡Cuántos rincones, cuántos armarios llenos de trastos, cuántas montañas de objetos que sólo ocupan lugar y acumulan polvo…!

Hagamos limpieza drástica y desprendámonos de todo aquello que no nos sirve. Dicen que, cuando algún objeto lleva más de un año en un hogar sin ser utilizado, casi seguro que está de más. No es necesario. Para vivir mejor, a menudo no necesitamos más, sino menos. Las casas deben tener espacio libre para moverse, para respirar, para vivir… Las casas no son museos ni exposiciones, sino lugares para habitar. Una casa tan llena de objetos delicados donde los niños no pueden correr, ni las personas pueden moverse sin andar con cuidado de no tropezar o romper algo, no están preparadas para vivir cómodamente en ellas. Pensemos en nuestro bienestar y en el de las personas que viven con nosotros. Liberémonos de ropas, papeles, recuerdos, objetos de adorno, máquinas, revistas… toda clase de objetos que ya no utilizamos y que no hacen más que ocupar un lugar innecesario. Cada primavera es un buen momento para renovarse y limpiar rincones, armarios y trasteros.

Esta práctica tiene mucho que ver con la virtud de la sobriedad. Simplifiquemos nuestra vida. No acumulemos tantas cosas. Al final, para vivir feliz, se necesitan bien pocas…

Limpieza

La segunda gran premisa para lograr un espacio de cielo es la limpieza. Nunca lograremos tener un hogar bello sin limpieza. No se trata de higiene compulsiva, sino de la limpieza que hace agradable un lugar: limpieza de aire, olores, polvo, suciedad… incluso de ruidos. El hogar debe respirar claridad, luz, sosiego, transparencia. La limpieza es un acto de delicadeza hacia los demás. A no todo el mundo le gusta limpiar… ¡pero todo el mundo valora una casa, un lavabo o un despacho limpio con todos los objetos relucientes!

Orden

El orden consiste en que “cada cosa debe tener su sitio, y cada sitio debe estar con su cosa”. El orden es armonía, espacio limpio y sensatez. Dice el Libro de la Sabiduría que la mujer fuerte, la mujer admirable, es la que “conoce los rincones de su casa”, es decir, la que sabe dónde encontrar cada cosa.

Hemos de decidir qué queremos tener y dónde vamos a guardarlo o tenerlo a mano. Ordenar consiste en colocar cada cosa en el lugar que le corresponde, evitando que se acumulen por el medio e interfieran en nuestro trabajo. Si alguna cosa que tenemos no tiene lugar, deberemos pensar en buscar uno… o preguntarnos si, realmente, hemos de tener ese objeto. Tal vez no lo necesitamos.

El orden evita dos males importantes. Por un lado, nos evita perder tiempo buscando las cosas que, como no están en su sitio y se acumulan sin ton ni son, nunca encontramos. Por otro lado, nos evita la sensación de estar sumidos en el caos. El caos es diabólico, pues nos quita claridad, alegría, lucidez y hasta las ganas de trabajar. ¿Cuántas veces no hemos empezado el día diciendo: ¡Dios mío! ¡Cuántas cosas! No sé por dónde empezar...? Nos desanimamos y, aún antes de hacer nada, ya estamos cansados. Con lo cual nuestro trabajo se resiente, no avanzamos en las faenas, nos sentimos frustrados porque no hacemos nada de provecho y a la vez tristes e irritados, porque nos hemos cansado inútilmente.

Orden. Orden en el espacio, poniendo cada cosa en su sitio. Y, previo a éste, orden en el tiempo, decidiendo qué tiempo vamos a dedicar a cada cosa… y cumpliendo nuestro plan (pero esto forma parte de la virtud del tiempo).

El orden también tiene otro sentido, que es la organización armónica del espacio a nuestro alrededor. No sólo se trata de tener nuestros cajones y armarios pulcramente ordenados, sino de distribuir los objetos de manera que nos sean útiles y accesibles cuando los necesitamos, nos dejen espacio vital para movernos y respirar, y resulten un conjunto agradable y armonioso. El orden también requiere de un poco de intuición y visión de la realidad. Ordenamos una sala en función de su forma, la luz natural que entra, el servicio que le daremos, los muebles o accesorios que necesitamos… No olvidemos, nunca, que el orden está al servicio de las personas, y no al revés. Así, a la hora de distribuir un espacio, pensaremos en el bienestar de sus ocupantes y en el trabajo o actividades que van a realizar en él.

Un toque de estética

Finalmente, cuando hemos conseguido orden, espacio, armonía, limpieza… llega el momento de ser un poco creativos, como lo es Dios, que es un gran artista, y de poner nuestro toque personal con una pincelada estética.

Ese toque de belleza puede parecer trivial e inútil… ¡pero cuánto se agradece y se valora cuando está presente! Es ese detalle: un cuadro, un espejo, una flor… No es necesario caer en barroquismos y sobrecargar de ornamentos un lugar. Cuanto más sobrio mejor. Pero es el pequeño matiz que da alegría y belleza a un espacio. Un lugar perfectamente limpio y ordenado, sin una sola mácula, pero falto de estos pequeños detalles, resulta frío e impersonal. El toque de estética le da la nota humana y acogedora.

En la estética del espacio la elegancia es clave. Como en el vestir, cuanto más discreta sea, mejor. Debe verse, pero no debe molestar ni saltar tanto a la vista que distraiga en exceso (a menos que deliberadamente queramos resaltar una obra de arte o algún elemento de la estancia). A menudo basta con una nota de color, una planta, una cortina o un pequeño detalle floral para dar un toque de distinción y de belleza a un hogar. No olvidemos que el exceso de ornamentación acaba siendo como la acumulación de objetos: cansa, agobia y acaba produciendo sensación de caos y confusión… ¡además de dar mucho trabajo para limpiar!

La mística del trabajo de casa

Y por último… ¡tengamos mucha paciencia! Cuando decidimos emprender un proceso de orden y limpieza de nuestros espacios vitales, a menudo nos encontraremos con muchos obstáculos y dificultades. Casi siempre el primero será decidir qué tirar y qué no, y nos encontraremos con que nos falta espacio para poner tantas cosas que debemos guardar… Tengamos calma. Seamos radicales en cuanto a tirar lo que realmente no necesitamos, pero calculemos también qué reformas o cambios deberemos hacer para hacer un sitio a cosas que tal vez necesitamos conservar pero aún no tienen su lugar en casa… Quizás deberemos liberar un armario, comprar una estantería o dedicar un espacio concreto a esos objetos… Tal vez deberemos cambiar el uso de una habitación. En todo, ¡paciencia! Mientras estamos en pleno cambio, el caos aún parecerá mayor. Pero, cuando finalicemos, nos sentiremos mucho mejor.

El orden y la armonía espacial contribuyen a la paz del espíritu. No diré que sean su causa directa, pero ayudan en gran manera. También el proceso de trabajar en el orden y en la limpieza es muy terapéutico y liberador, además de distraernos de nuestras preocupaciones.

Finalmente, creo que es un deber ético y cristiano trabajar para que nuestro entorno natural, urbano, del hogar y del trabajo, sea un poco más bello y ordenado. Hemos de trabajar para que nuestro espacio sea acogedor y limpio, y trasmita orden y paz. Pensemos que es una delicadeza hacia los demás. Todo el tiempo que invertimos limpiando, ordenando y haciendo faenas “de casa” no es un tiempo perdido. Diría que trabajar para crear un espacio agradable alrededor es algo muy grato a los ojos de Dios, pues estamos colaborando con él a disminuir el caos en el mundo. Gracias a ese esfuerzo, muchas personas se sentirán mejor. La tarea de limpiar, ordenar y pulir nuestro espacio es, en definitiva, una gran obra de caridad.

Sunday, July 17, 2005

¿Educar en valores o modelar conciencias?

En los últimos años la llamada educación en valores se ha convertido en un tema recurrente en los círculos políticos, educativos y sociales. Las organizaciones del tercer sector especialmente insisten en ello, pues a tratar con colectivos humanos en situaciones de riesgo ven de forma patente que el origen de muchas lacras sociales está en la falta de educación y de unos valores de referencia.

Pero, ¿de qué valores hablamos? ¿Qué entendemos por educación? Creo que el tema es lo bastante trascendente como para no tomarlo a la ligera ni confundir esta educación con otras realidades que, de forma latente, persiguen arraigarse fuertemente en nuestra sociedad. No deberíamos confundir la educación en valores con el adoctrinamiento ideológico.

Qué son valores

Cuando hablamos de valores, todo el mundo parece coincidir en que se trata de los llamados valores humanos. Pero a la hora de definirlos comienzan las discrepancias. Todos tenemos en los labios palabras como solidaridad, tolerancia, respeto, igualdad, paz, libertad... Pero, ¿sabemos qué significan? ¿Son universales estos valores? ¿Entendemos todos lo mismo por “paz” o por “justicia”, por poner dos ejemplos? Los valores humanos se sustentan en el concepto que tengamos del ser humano. Y el concepto de ser humano, aunque parece muy obvio, no es el mismo para todo el mundo.

Muchos sostienen que “los valores son relativos”. No hay nada absoluto, cada cultura tiene sus valores y creencias y no existe una verdad igual para todos. Incluso llegan a decir que cada persona tiene su propia verdad y sus valores particulares y singulares. La consecuencia extrema de este relativismo nos lleva a una disolución de los límites de la ética: todo puede ser bueno o malo, todo sirve, todo está bien, todo está permitido y todo depende, como rezaba la canción... Y ahí es cuando debemos detenernos y plantearnos una seria reflexión. Sabemos, por lógica natural, que hay cosas que no son correctas, que no deben permitirse, que no son lícitas. No necesitamos una ley para saber que matar es un acto reprobable y dañino. Nadie necesita decirnos que robar o mentir es inmoral. Nuestra razón natural es lo bastante sabia como para indicarnos perfectamente qué está bien y qué no.

Los valores son aquellas verdades en las que creemos y que sustentan nuestro código ético, nuestra forma de vivir y de pensar y nuestras decisiones. Los valores marcan un determinado estilo de ser y estar en el mundo. Por valores humanos debemos entender, a mi parecer, todos aquellos que contribuyen a la dignidad y a la felicidad del ser humano.

Educar y modelar

Nuestra naturaleza, tan versátil y con una enorme capacidad para el aprendizaje, es sumamente moldeable y necesita ser educada. Educar significa sacar afuera, es decir, estimular a la persona de tal manera que pueda desplegar su potencial y crecer en todas sus dimensiones humanas. A la hora de educar hay que tener en cuenta dos aspectos. Uno de ellos es tomar en consideración que la persona crece en varios sentidos: físico, intelectual, emocional, espiritual y social. Si descuidamos una sola de estas dimensiones, estaremos recortando el potencial de esa persona y su capacidad de vivir una vida plena. Por desgracia, nuestra civilización occidental se ha centrado enormemente en las vertientes física e intelectual, descuidando la tan nombrada inteligencia emocional, que ahora muchos están descubriendo, y aún más la dimensión espiritual, tan ignorada y denostada en los últimos tiempos, y que no tiene tanto que ver con ritualismos ni doctrinas, sino con algo más hondo e intrínseco de cada cual. La dimensión social del ser humano, que siempre se ha cultivado en todas las culturas tradicionales, ahora parece amenazada por diversas formas de individualismo y de aislamiento, paradójicas en esta era de la comunicación global.

Por tanto, si queremos educar, debemos potenciar estas cinco dimensiones de la persona humana, favoreciendo su crecimiento y evolución.

El otro aspecto clave en la educación es la libertad. Todo ser humano nace libre y digno. En su proceso de crecimiento necesita apoyos, especialmente durante su niñez y adolescencia, antes de poder ser autónomo para continuar su vida sin dependencia de sus progenitores y su familia. Educar implica amar, cuidar, alimentar, proteger pero también enseñar a ese niño que crece a ejercer progresivamente su libertad, conforme a su propia naturaleza y a sus potenciales. Educar no es “formar” o “conformar” la mentalidad de las personas a unas ideas o doctrinas. Pero para educar y potenciar es preciso encauzar y poner límites, ofreciendo criterios y razones que se conviertan en valores de referencia para los educandos. Se trata de que aprendan a pensar y a decidir de manera sólida y adulta, por sí mismos y sabiendo razonar su conducta, sin querer influenciarlos ni manipularlos.

No podemos hablar de una educación “neutral”, en el sentido que cada padre y cada educador está transmitiendo al niño unos valores, los suyos propios, y tiene el derecho a hacerlo. Privar al niño de referentes morales con la excusa de no quererlo “influenciar”, o con el pretexto que él escogerá sus propios valores cuando crezca es un serio error. Sería como dejar que un niño pequeño escogiera qué quiere comer, o si quiere ir a la escuela o no, sin obligarlo, esperando a que sea adulto para decidir si quiere aprender a leer o quiere alimentarse equilibradamente. Educar en libertad no equivale a educar sin criterios y sin normas. Un niño que crece sin referentes éticos coherentes y sin límites acabará siendo una personalidad desestructurada y sufrirá profundas angustias y crisis existenciales, falto de norte y de referentes en su vida. Los psicólogos advierten que los menores que no reciben una educación acompañada de la apropiada autoridad durante su infancia son potenciales psicópatas o inadaptados sociales en el futuro.

Educar en libertad no es privar al niño de valores ni de referencias morales. Pero estos valores deben serles mostrados con el vivo ejemplo y con sumo respeto. Nada hay más contraproducente para un pequeño que ver la incoherencia de sus padres y educadores cuando éstos “predican” una cosa y luego hacen otra. Por otra parte, los padres y maestros han de ver a los niños como seres únicos, que no tienen por qué responder a sus expectativas o ser fotocopias de sus progenitores o formadores. Han de aceptar su singularidad y sus diferencias como parte de su ser.

En la educación es primordial la figura del maestro o el educador. Dicen que más vale el ejemplo que mil lecciones. El progenitor o el maestro, con su actitud, con su persona, con su modo de hacer, está educando más que con sus palabras. El respeto a la libertad no significa que no deba mostrarle y explicarle sus propios valores, que pueden ser adoptados, libre y responsablemente, por el joven cuando crece.

Finalmente, no se puede educar si no hay afecto, estima profunda, amor, hacia la persona que se está educando. Y este amor debe ser generoso e incondicional, sin esperar retribuciones. La mejor recompensa para el educador auténtico es ver actuar libre y responsablemente, sin dependencias, a las personas que ha ayudado en su crecimiento.

El riesgo del adoctrinamiento

Cuando ciertas problemáticas desbordan a las familias y a la sociedad, se corre el riesgo, en nuestros países del estado del bienestar, de que el estado quiera asumir un rol que, en principio, no le corresponde. Es loable que el estado quiera hacer felices a sus ciudadanos y es su obligación velar por su calidad de vida. Pero el estado no debe ni puede substituir a la escuela ni a la familia. El derecho que muchos padres reclaman de poder elegir libremente la educación y la escuela que desean para sus hijos es muy legítimo y respetable. “Papá estado” no puede suplantar al maestro, a los padres o a la familia, y mucho menos convertirse en adalid de nuevas doctrinas que se van inculcando a los menores a través de los centros de enseñanza públicos. Papá estado no resolverá la violencia en las aulas ni el fracaso escolar a golpe de leyes, porque el problema de la educación de los jóvenes tiene raíces muy profundas que se escapan a la administración. Inculcar determinadas ideologías concretas a la ciudadanía a través de leyes, libros de texto y otras campañas más o menos explícitas es más propio de los regímenes dictatoriales que de las democracias modernas. Creo que hemos de ir con cuidado, no sea que la tan nombrada “educación en valores” se convierta en una especie de formación ideológica, conformada con las doctrinas del partido de turno que está en el gobierno. De la misma manera que no aceptamos el fanatismo religioso ni la imposición de creencias, tampoco debemos aceptar, sin más, la imposición de ideas políticas de uno u otro signo, que no son compartidas por todos los ciudadanos y que no tienen por qué ser las mejores o las únicas para el bien de la sociedad. Como mínimo, en un estado democrático, debería darse la opción a rechazar la ideología dominante de turno y a poder manifestar y elegir otras opciones educativas diferentes a las que impone el estado, considerándolas con sumo respeto, por muy diversas que sean. La tolerancia debe ser ejercida por todos, y especialmente por el gobierno, que, aunque pertenezca a un partido dominante, ha de ser muy consciente que está gobernando a todos los ciudadanos, incluidos los que no piensan como él.

Saturday, July 16, 2005

¿Hablando se entiende la gente?

Hablando se entiende la gente. En medio de un clima político y social muy agitado, esta frase resuena continuamente y se toma como referencia y remedio a todos los males de intolerancia, obcecación y agresividad que aquejan a nuestra sociedad. Si por hablar entendemos un diálogo a dos partes, creo que la frase es muy acertada. Pero tengo la impresión de que esto no es así en la realidad. La gente habla, discute, se manifiesta, denuncia, proclama, protesta... Todo el mundo habla y se expresa, y nadie se entiende.

Es escuchando como se entiende la gente. Previo al hablar, está el escuchar. Todo el mundo, más o menos bien, sabe hablar y pronunciarse. Pero, ¡cuán pocos saben escuchar! Cuantas palabras se derrochan, inútilmente, intentando imponerse a las de los demás, y cuán poco se escucha a la otra parte. Nuestro gobierno, tristemente, es un claro ejemplo. Pero hay muchos más, que todos podemos constatar en la vida cotidiana, familiar, laboral y vecinal. Cuántos males se evitarían si aprendiéramos a escuchar, con escucha atenta y activa, a la otra persona, aunque sus ideas y opiniones sean diversas o incluso contrarias a las nuestras.

Es un deber urgente y grave de nuestra cultura aprender a escuchar y enseñar a nuestros niños y jóvenes a escuchar. Y no hay mejor aprendizaje que la práctica. Muchos filósofos y psicólogos insisten hoy en ello. Incluso, me comentan, se imparten seminarios carísimos, para ejecutivos, con el único fin de aprender cómo se escucha.

Cualquier persona, reflexionando un poco, puede vislumbrar qué significa escuchar. La escucha auténtica requiere de oídos, cerebro y corazón. No basta con oír palabras, que nos pueden resbalar o que podemos rechazar sin más, sumergidos en nuestros prejuicios. Para escuchar hay que limpiar la mente de preconcepciones, críticas y condenas. Tampoco basta con escuchar con atención y frialdad policial. El que nos habla nos está dando una parte de sí, está intentando establecer un lazo con nosotros. La escucha atenta pide que también sepamos simpatizar con sus sentimientos e intentar, en la medida de lo posible, comprender su posición y sus circunstancias. Finalmente, la escucha activa requiere también de nuestra imaginación. Cuando visualizamos lo que nos explican, esa imagen queda impresa en nuestra mente y podemos captar mucho mejor el significado del mensaje que nos están transmitiendo.

Por supuesto, no podemos escuchar de esta manera sin una actitud previa que nos predisponga a acoger la otra persona con respeto y benevolencia. Esto no significa que tengamos que estar de acuerdo con todo cuanto nos diga, pero sí hemos de recibirlo con delicadeza y estima, pues tan valiosa puede ser su opinión como la nuestra propia, por muy extraña que nos parezca.

Sería de deseable que, poco a poco, las personas, y en especial las que tienen cargos de responsabilidad, fuéramos centrando nuestra atención, más que en el hablar, en el escuchar. Escuchando se entiende la gente. Y aún más: la primera muestra de respeto, tolerancia y estima hacia el otro es escucharlo.

Nuestro mundo está lleno de comunicación vacía y de palabras sonoras y huecas. Sólo quien sabe escuchar podrá pronunciar palabras cabales y llenas de sentido.